miércoles, 27 de febrero de 2019

¿Quién es el escritor?




     Empezaron como un producto de mi imaginación y ahora Silvia y Jorge extienden sus brazos para escapar de su cautiverio bidimensional entre papel y letras. Sacan las manos, se agarran con fuerza de las mías. Tan solo con tocarnos ellos adquieren la fuerza necesaria. Me usan para salir de entre las páginas donde los escribí y les di forma. Ya libres, tejen una serie de hilos invisibles que me dirigen como si fuera una marioneta y durante meses controlan cada movimiento. Ahora son ellos quienes me obligan a seguir su historia. Esta máquina invierte los papeles, ya no parezco su creador, ahora mis personajes son quienes lo controlan todo.
Este mecanismo se activa de forma inmediata al abrir el manuscrito que los contuvo. Mueven mis dedos a su antojo, teclean caracteres que forman palabras, frases, situaciones. Intentan lograr su cometido: Ser personajes entrañables para vivir eternamente. Jorge, disfrazado de adolescente sin rumbo y Silvia, con esa mirada mustia e inocente esperan escondidos en las orillas del papel. Quieren que me acerque al ordenador. Están ansiosos de que lo encienda. Sigilosos, aguardan a que esté listo. Siempre temen la aparición de distracciones antes de abrir el archivo que habitan. una vez abierto el documento, echan a andar la máquina. Sabían muy bien que regresaría, solo esperan un rato libre y están ahí para lograr su cometido: Ser reales. Están decididos a convertirse en los protagonistas de mi vida. Quieren que me defina a través de ellos.
Hoy lo veo claro, antes me dejaba atraer por la vibración hipnótica de un tambor remoto que me hacia regresar y colocarme en el lugar que ellos habían dispuesto para mí. Al principio se oía lejano pero después era tan fuerte que no respetaba mi sueño. Me sacaba de la cama y me llevaba con ellos; era la única forma de callarlo.
Incluso ahora, escribiendo estas líneas y confesando mi farsa se que están ahí escondidos tras la puerta, asomados mientras mis ojos están clavados en la pantalla, mofándose, seguros de que siga siendo su esclavo. Hablan bajo entre ellos y planean su siguiente movimiento. Discuten su trama, organizan sus viajes por el mundo, eligen a sus compañeros de aventuras. Mueven los hilos a distancia para nos ser descubiertos. Caminan por mi casa, corren conmigo por las mañanas y hasta se asoman en mis horas de intimidad.
Lo que ellos no saben es que sus hilos se desgastan conforme avanza la historia. Como toda vida, ésta inicia y progresa para concluir. Se aferran a esa máquina a punto de caducar. Están locos y ciegos, se los digo ahora: ya son reales, lo han logrado. Temen la llegada de Daniel, quien ahora ocupa un sistema más sofisticado que el de ellos. Se confabulan y ahora son tres quienes están ahí observando mis pasos, vigilando mis pensamientos. Hay alguien más, Alina espera sentada, callada y aislada del resto. Lleva un vestido rojo (¿acaso se volvió negro en el proceso?) y un árbol que le hace sombra. Insatisfecha por ahora, sabe que será la siguiente protagonista. Intuye que su historia me hará más daño que la de Silvia, no solo pretende que yo sea un mentiroso ¡No! Se propone que se me conozca por un loco que intenta hacer hablar a un muerto. Que reviva los recuerdos de Daniel, que está a punto de ser enterrado.

jueves, 14 de febrero de 2019

Te despiertas


Suena tu despertador, entre abres un ojo y ves que son en punto de las cinco cuarenta y cinco de la madrugada, está oscuro. Te revuelcas de un lado a otro, no crees que ya han pasado horas desde que decidiste conciliar el sueño. Darás mil vueltas antes de darte cuenta de que si no lo haces llegarás tarde. Tratas de apagar ese sonido filoso y penetrante, pero tu ultima postura te impide alcanzar el botón que pondría fin a tu sufrimiento. Te obligas a levantarte estirando tu brazo como si este fuera de plastilina. Por fin apagas ese ruido que emana esa caja negra con números verdes infernales que tanta repulsión te causa. Por fin lo logras. Tu primer movimiento racional del día es tallarte los ojos, tratando que tu mente regrese al mundo de un profundo sueño. Pones los pies en el suelo para asegúrate que al cargar todo tu peso te sostenga. Estiras tus brazos tratando de alcanzar el cielo, del que crees regresar.

Das cuatro pasos, suficientes para recuperar la confianza, te diriges al baño dando cuatro pasos más, sincrónicos y fuertes donde el frío del piso congela la planta de tus pies. Hasta que te detienes frente al escusado, te urge vaciar tu vejiga. No sabes si podrás hacerlo de pie o mejor sentado. Pero tu ego te impide hacerlo sentado y sin importarte que tan frío siga el piso, te sostienes de esa pared áspera y amarilla que te pica la mano.

Das pasos más ágiles. Un pie atravesando al otro como guillotina, con el fin de llegar a tu vestidor. Te pones la opción más fácil para esa madrugada, un short azul y una playera blanca. Tomas tus calcetines que arropan tus pies aliviándolos del frió al que estaban expuestos. Amarras las agujetas y bostezas, tu último suspiro previo a ponerte en marcha. Saldrás a correr desde tu apartamento hasta el parque de las banquetas rojas, anchas. Resguardadas por esos árboles que ocultan medio cielo. Pretendes adentrarte hasta el espejo de agua donde marca tu medio camino. te enfilas al regreso, no sin antes verte reflejado en el y agradecer el momento en que decidiste estirar la mano y apagar ese despertador que tanto te enojó al chillar.  Ves tu rostro, pleno y feliz. Te guiñes un ojo asintiendo lo mucho que te respetas por lo completado hasta ese momento. 

Cierras los ojos.

Abres los ojos es medio día. Ves tu silla de ruedas recargada doblada sobre en la pared amarilla. Respiras hondo inhalando tu primer suspiro de otra largo y monótono día.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Mi Farsa




Nunca antes había sentido esos cosquilleos en mi brazo, los nervios que lo articulan de pronto exigieron movimientos precisos.  Esa misteriosa sensación desembocó en un impulso eléctrico que ya no puedo olvidar ni evitar. Sucedió la tarde de un 23 de mayo y sigue pasando hasta el día de hoy, unos años después. No me queda claro cómo es que Jorge y Silvia, que fueron producto de mi imaginación, salieron hacia el mundo escrito a través de ese impulso y después cobraron vida en el imaginario de algunos lectores. Me apena compartirlo con ellos, como si esto fuera una historia cotidiana y es aún más vergonzoso darme cuenta que extraigo de esa experiencia algún conocimiento. Escribir me resulta algo íntimo pero me provoca compartirlo. Compartir la intimidad, sin embargo, es aterrador.
Puede haber muchas razones para escribir; en mi caso, proporciona el placer de contar. Mimetizar una ficción que da vida a personajes formados por mis letras y observar cómo crecen hasta cobrar vida propia, versátil y renovable como la mente de quien lee su génesis. El reloj no es su preocupación, solo desean estar en la memoria de más gente para fortalecerse con cada lector nuevo.
Percibo esa metamorfosis como un nacimiento peculiar que va de las letras a los huesos y la piel. Su paso de la imaginación a la vida es tan fascinante que logra provocar emociones. Cada personaje, pese a vivir en el mundo de la ficción, es tan real que vive en nosotros y los lectores empedernidos, pues los pensamos más que a la gente cercana, a quienes podemos tocar con nuestras manos.
Nada de esto cruzó por mi mente cuando empecé a teclear “Tantos años pasaron, era joven e intrépido…”. Esas palabras que rogaban existir para levantar el polvo de mi alma eran un secreto guardado en una bóveda impenetrable. Pero no hay secreto ni barrera perfecta, así que el mío, sin ser excepción, decidió salir y liberarse del cautiverio celoso que yo mismo le impuse aún sin pretender convertirlo en una novela.
Excavar en la mente es duro, trabar la pala y remover la tierra puede resultar tan laborioso como divertido pero sobre todo va quitando peso a la vida que por sí misma ya es pesada. Las primeras palabras me hicieron sentir que separaba los pies del suelo. Al continuar con la historia y sin darme cuenta, pesaba tan poco que ya estaba volando. Pero como en la naturaleza, toda creación debe tener su equilibrio para armonizar y eso hará rodar la piedra más rápido, hasta hacerla inmensa.

Escribir es volar.
No sé si el ímpetu de transcender se apoderó de mi esa tarde de un 23 de mayo y todas las que siguieron, pero comencé a teclear y no me detuve por varios meses. Mis personajes se habían adueñado de mi tiempo sin dejar de fraguar sus próximos pasos, exigiendo que marcara su destino. Hubo un tiempo en que me detuve y metí en un cajón lejano los manuscritos impresos llenos de tachaduras. Pero su voz, como un eco lejano, seguía en mi mente. Leía novelas de otros, miraba series con la frustración de no culminar lo que había empezado. Finalmente me decidí a sacar del cajón esos documentos ya empolvados y continuar. Recuperar la omnisciencia para saberlo todo de este mundo que yo estaba creando. Ese fue el momento en que me vi frente a un desierto árido de palabras.
             A mi parecer la novela estaba lista aunque no había ni empezado. Todo debería engranar con tal sincronía que ningún investigador disfrazado de común lector descubriera mi farsa. Fue un proceso largo y enriquecedor poner el punto final a un texto que comenzó con ilusión, causó sufrimiento en su proceso y dejó una gran satisfacción en su desenlace. Escribir esta historia resultó una novedad que me obligó a explorar en terrenos desconocidos. Caminar con los ojos cerrados pero todos los demás sentidos hiper sensibles con la idea de no detenerme. La primera novela es la versión de uno mismo hace miles de años, donde por inercia se avanza y por instinto se sobrevive. Estas palabras y todas las que están plasmadas son el testigo de que nuestra permanencia. Y que mejor ser uno mismo quien lo exponga al mundo o a aquel lector que algún día leerá lo que has escrito.